Saturday, June 03, 2006

1964: una medalla para el honor


Pedro Díaz G.

En Tokio se celebraron los primeros Juegos Olímpicos asiáticos. Un éxito: la asistencia masiva justificó la inversión de 3 mil millones de dólares que el gobierno japonés destinó a la construcción de estadios.

Todo lo relacionado con el deporte olímpico, en estos años, era noticia. Ya en Europa los científicos comenzaban a poner sus dudas sobre la altitud de la ciudad de México, sede siguiente. Sus 2 mil 540 metros sobre el nivel del mar asustaban a los especialistas del cuerpo humano.

Sudáfrica no fue invitada; Indonesia y Corea del Norte fueron vetadas, 14 países participaron por primera vez, y naciones participantes sumaban ya 93. Tokio realizaría los Juegos de 1940, pero se cancelaron por la guerra chinojaponesa en el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial y entonces los nipones anhelaban mostrar al mundo su rápida recuperación: ampliaron el estadio olímpico a 85 mil asientos en el Parque Meiji, construyeron la piscina Yoyogui, el Gimnasio Nacional, la Villa Olímpica y una Villa Olímpica para periodistas, entre muchos otros escenarios.

Pero no se trataba de mostrar únicamente el esplendor de las construcciones, la calidez y hospitalidad de su gente, sino su avanzada tecnología: a través del satélite Symcom III se transmitió por primera vez en la historia de los Juegos una señal a color que llegó a todos los televisores del archipiélago. Y con una transmisión diferida invadieron los hogares de diversas partes del mundo para alcanzar una teleaudiencia de 600 millones de personas.

Hubo una estrella en Japón: el atleta con más medallas, el nadador estadounidense Don Schollander, cuatro oros; la gimnasta soviética Larissa Latynina celebró su última aparición olímpica con un total de seis medallas, dos de ellas, oro.



El boxeo, 28 años después...



Tiempos deportivos pero también tiempos electorales: en noviembre de 1963 fue postulado a candidato a la Presidencia de la República por el PRI Gustavo Díaz Ordaz y mientras los atletas se preparaban para su cita olímpica las campañas políticas inundaban los titulares.

Imbuídos de la energía que emana de los aros olímpicos, la delegación, por supuesto, creció y a Tokio viajaron 90 deportistas, teniendo como abanderado al maratonista Fidel Negrete.

Tras las primeras y desilusionantes derrotas, a las actuaciones lejanas al podio, pocos confiaban en la cosecha de medallas.

Menos aún cuando a Juan Fabila le tocó un calendario de peleas que poco camino le auguraba. Pero lo hizo. El mexicano fue ganando sus peleas y tras derrotar al iraní Sadek Aliakbar, a Pak Chaw de Hong Kong, y cuando toca enfrentar al soviético Oleg Grygoryev, el campeón olímpico de Roma, sus propios compañeros de delegación no le dan muchas esperanzas. Sin embargo, lo vence y así asegura, cuando menos, la medalla de bronce.

Nadie creía en él.

Ese día ni sus compañeros de equipo ni siquiera le acompañaron en la arena. Tres días después enfrentaría en la pelea semifinal al coreano Shin Cho Chung. Y Fabila perdió inexplicablemente.

Los enviados de entonces argumentan que en ese combate a Fabila le faltó brío, coraje; que tal vez si hubiera forzado el ritmo de las acciones, si hubiera ido a una pelea más directa, podría haber avanzado a la final, con lo que, cuando menos, la medalla de plata estaría asegurada.

Pero no. Juan Fabila venció pulcramente (4-1) al campeón olímpico de Roma, al temible ruso, ante la apatía generalizada de todos los miembros de su delegación, y pudo arañar el oro olímpico. Algo apesadumbrado hizo maletas para volver, pero en el avión se dio cuenta de que todos los periódicos en México hablaban de él, de sus triunfos, del orgullo que significa portar una medalla. Del honor.

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